Big Daddy

Fui una moda, un monstruo, una noticia que vendía. No tiene caso repetir lo que a estas alturas todo el mundo sabe, basta con decir que estoy condenado a muerte. Estrictamente, todos estamos condenados a muerte, pero la hora en la que mi vida llegará a su fin la determinó un tribunal. Muchas personas me han escrito durante mi encierro. Algo que llamó mi atención no fue tanto que se sorprendieran cuando descubrieron que podía comunicarme en su mismo lenguaje pese a que fisiológicamente era casi idéntico a quienes me observaban con incredulidad; como sintiendo culpa porque querían creer, pero los hechos echaban por tierra lo que creían. No fue cuando descubrieron que si hasta ese momento había emitido gruñidos y sonidos guturales, había sido por diversión y no por necesidad y la doctora casi se ahoga por la sorpresa cuando le dije: ya no tengo venas visibles.


 Porque, pese a que llevaba mucho tiempo sin emitir una palabra nunca olvidé que podía hablar. A quienes me preguntaron por qué razón había decidido dejar de hablar durante tanto tiempo les respondí con otra pregunta: ¿qué necesitas decir cuando puedes aplastar las cosas con un taladro de cien kilos? Lo que me sorprendió tampoco fue que, por algo tan sencillo como hablar, me convirtiera en la portada de los periódicos de casi todo el mundo. Lo más sorprendente fue que creyeran que por el mero hecho de tener un lenguaje común, podríamos comunicarnos. ¿Por qué creen que basta con hablar el mismo idioma para poder comunicarse? Nunca respondí a las cartas, casi todas contenían preguntas insulsas o felicitaciones. Una cuestión se repetía mucho: ¿estás arrepentido? La verdad es que no. La gente no se arrepiente de lo que hizo sino de las consecuencias que tiene aquello que hizo. En pocas palabras, quieren que les pase y que no les pase algo malo. Que sufran mucho pero no tanto para que nos les remuerda la conciencia. Me ven como un monstruo porque digo lo que todos saben y en este mundo es un delito grave decir las cosas como son. Por eso nos fuimos. Pero pasemos a los hechos.

 Todos saben que soy responsable de la muerte de alguien. O mejor dicho, de “alguienes” (creo que así se dice). No pretendo que las personas que lean esto me compadezcan; mi intención es que conozcan las causas que provocaron mis actos. Todos saben que la ciudad fue descubierta por uno de esos grupos de científicos que reciben dinero por encontrar cosas que a nadie le importan. Para su buena fortuna, encontraron algo que llamó la atención: una ciudad extraña, desconocida y habitada.

Mi bella, irreal, en algún momento caótica y ahora, seguramente, desierta ciudad. Si tan solo pudiera volver a pisar su suelo una vez más. Todos, hasta los que contemplaron horrorizados a los que salimos de ahí, están de acuerdo en catalogarla como un prodigio.  Yo no tengo duda que quién la diseño era dueño de una mente brillante y enferma. Quizá por eso es que muchos decidimos seguirlo. Mi ciudad; una utopía hecha realidad. Y como utopía, estaba condenada al fracaso desde su concepción. Al principio todo fue tal y como se nos había prometido. Hubo un momento en el que incluso fue mejor de lo que imaginamos. Los que allí vivíamos, fuimos durante algún tiempo poco menos que dioses. Durante un instante, la razón reinó tal y como muchos filósofos habían soñado. Pero más pronto de lo que se pensó, la ciudad estaba sumergida en el caos. ¿Cómo pudimos pensar que una sociedad de egoístas podría ser perfecta? ¿Cómo llegamos a pensar que las de Ayn Rand eran buenas ideas? Ojalá sus ojos hubieran contemplado ese bonito espectáculo que montamos durante años.

Sí, al principio todo estuvo bien, pero poco tiempo nos volvimos unos contra otros. Cuando las cosas estaban fuera de control, me obligaron a entrar como “voluntario” en un programa que pretendía detener el creciente desorden. El resultado: me convirtieron en lo que soy. Al principio mi misión era acabar con la polución, pero cuando esto resulto imposible, cuando se dieron cuenta de que las personas no tenían remedio, me encomendaron otra misión: proteger personas. O mejor dicho, proteger a una persona. Y por esta razón, asesiné a tantos de mis semejantes. Sí, porque en realidad ya no eran humanos y yo tampoco era humano y entonces éramos semejantes. La sed de esa sustancia los cambió por completo. Esa sustancia que en otro momento los elevó por encima de la raza humana fue la misma que los hizo perder la razón: el ADAM. Durante mucho tiempo (¿meses? ¿años?) anduve detrás de esa niña, protegiéndola de los que en otro momento habían sido mis vecinos. Y después, nos encontraron. Ahora espero la muerte sin ansiedad y sin miedo. No pienso ya en lo que vendrá. Tan sólo, en ocasiones, he llegado a pensar en el destino de aquellos que, como yo, vagaban por la ciudad asesinando personas y en aquellas niñas, que, pese a todo, sentían por nosotros algo similar al amor que se siente por un padre.

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